La realidad de nuestro idioma es el androcentrismo. Si bien tradicionalmente se ha aceptado este rasgo, no hay que olvidar que el lenguaje tiene la capacidad de construir una realidad. De esta forma, se cierra el círculo y se plantea una cuestión al aire: ¿es el idioma el que crea el machismo, o es el machismo el que crea el idioma?